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- 30 enero, 2026
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El Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG) se caracteriza por una preocupación excesiva y persistente que resulta difícil de controlar y que afecta diversas áreas de la vida, como el trabajo, la salud o las relaciones. A diferencia de una crisis de pánico, que es una explosión de miedo, el TAG es más parecido a un ruido de fondo constante; es una sensación de que algo malo va a suceder, lo que mantiene al sistema nervioso en un estado de hipervigilancia permanente.
Físicamente, esta ansiedad crónica se manifiesta de formas sutiles pero agotadoras. Quienes la padecen suelen experimentar tensión muscular (especialmente en cuello y hombros), fatiga, irritabilidad y problemas para conciliar el sueño. Es común que aparezcan también síntomas gastrointestinales o dolores de cabeza tensionales, ya que el cuerpo permanece “estresado” durante horas o días, agotando sus reservas de energía de manera constante.
A nivel mental, el TAG se alimenta de los pensamientos catastróficos que comienzan con la frase “¿Y si…?”. Este patrón de pensamiento busca anticipar problemas futuros para intentar resolverlos de antemano, pero en realidad solo genera un bucle de agotamiento mental. La persona se siente atrapada en una búsqueda interminable de certezas en un mundo que es intrínsecamente incierto, lo que impide disfrutar del momento presente.
El camino hacia la recuperación implica aprender a tolerar la incertidumbre y a diferenciar entre preocupaciones productivas (sobre las que podemos actuar) e improductivas. Técnicas como el mindfulness y la reestructuración cognitiva ayudan a “bajar el volumen” de esos pensamientos y a relajar el cuerpo. Entender que la ansiedad es una emoción que intenta protegernos, aunque de forma equivocada, permite empezar a relacionarnos con ella desde la autocompasión y no desde la lucha.