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- 30 enero, 2026
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La distimia, conocida actualmente como Trastorno Depresivo Persistente, es una forma de depresión que, aunque suele ser menos intensa que un episodio de depresión mayor, destaca por su larga duración. Se describe a menudo como una “nube gris” que acompaña a la persona durante al menos dos años. A diferencia de la depresión aguda, quienes viven con distimia pueden seguir funcionando en su día a día, pero lo hacen con un sentimiento constante de desánimo, como si la vida hubiera perdido su brillo y color.
Los síntomas son persistentes y se manifiestan principalmente como una baja autoestima, falta de energía y una visión pesimista del futuro. Es común que la persona se sienta “melancólica por naturaleza” o que su entorno crea que simplemente tiene un carácter difícil o sombrío. Sin embargo, no se trata de una personalidad, sino de un estado clínico donde el apetito, el sueño y la capacidad de concentración se ven alterados de manera crónica, generando un desgaste silencioso pero profundo.
Una de las mayores dificultades de la distimia es que, al ser tan prolongada, la persona suele normalizar su malestar. Se acostumbran a vivir cansados y sin alegría, olvidando cómo se sentían antes de que apareciera el trastorno. Esto retrasa la búsqueda de ayuda profesional, ya que el individuo puede llegar a creer que sentirse así es “parte de quién es”, lo que cronifica el aislamiento social y la falta de interés en actividades que antes resultaban placenteras.
El tratamiento de la distimia suele combinar la psicoterapia con el apoyo médico. La terapia ayuda a identificar y modificar los patrones de pensamiento negativos que se han arraigado con el paso de los años, mientras que el ejercicio físico y una rutina estructurada pueden ayudar a regular la química cerebral. La clave es entender que no se está condenado a vivir en esa “nube gris”; con paciencia y acompañamiento, es posible recuperar la capacidad de disfrutar y participar plenamente en la vida.