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- 30 enero, 2026
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Una crisis de pánico es una aparición súbita de miedo intenso o malestar profundo que alcanza su pico en pocos minutos. Aunque los síntomas físicos —como taquicardia, dificultad para respirar, sudoración y temblores— son alarmantes, es fundamental comprender que se trata de una respuesta de “lucha o huida” del sistema nervioso. El cuerpo está reaccionando a una amenaza inexistente, pero la descarga de adrenalina es real y física.
Uno de los aspectos más aterradores de estas crisis es la sensación de pérdida de control o el miedo inminente a morir o sufrir un infarto. Sin embargo, desde una perspectiva clínica, las crisis de pánico no son peligrosas para la salud física a corto plazo. Es una “falsa alarma” del cerebro; el corazón está sano y los pulmones funcionan bien, simplemente están procesando un exceso de energía que el cuerpo no sabe cómo canalizar en ese instante.
Para manejar el episodio mientras sucede, la herramienta más eficaz es la respiración diafragmática. Al inhalar lento por la nariz y exhalar de forma prolongada por la boca, enviamos una señal directa al nervio vago para que active el sistema parasimpático, encargado de la relajación. Otra técnica útil es el método “5-4-3-2-1”, que consiste en identificar objetos en el entorno para “anclarse” al presente y sacar la atención de las sensaciones internas.
Finalmente, es importante recordar que las crisis de pánico tienen tratamiento y no definen quién eres. La terapia cognitivo-conductual y, en algunos casos, el apoyo farmacológico, han demostrado una altísima eficacia para reducir su frecuencia e intensidad. Reconocer que necesitas ayuda es el primer paso para recuperar la confianza en tu propio cuerpo y entender que, aunque el miedo sea intenso, siempre termina pasando.